EL TRABAJO DE LOS NIÑOS

Las máquinas hiladoras que se utilizaron en la industria del algodón, en la Inglaterra de la revolución industrial (fines del siglo XVIII), obligaban a los hombres que las manejaban a colocarse en una posición muy incómoda para hilar. En cambio, se vio muy pronto que los niños y niñas de entre nueve y doce años podían manejarlas con toda facilidad y destreza. Así fue como numerosas familias pobres que tenían muchos hijos los pusieron a trabajar en las fábricas para ganar más dinero. Igualmente, se puso a trabajar a los niños que estaban en las casas de beneficencia parroquiales de Londres y Westminster, trasladándolos desde grandes distancias para llevarlos a las fábricas.
A. El salario infantil
En las ocupaciones fabriles, agrícolas y de otro tipo, es casi siempre un cálculo atrozmente cruel el que determina esta preferencia por los niños. Su trabajo resulta menos caro que el de los hombres porque, por medio de una vigilancia muy estrecha, se obtiene de ellos más rendimiento, teniendo en cuenta el módico salario que se da a los padres por la “colocación” de sus hijos. Estas largas jornadas de trabajo impuestas a estas pobres criaturas los agotan, los debilitan, hacen desaparecer sus fuerzas, alteran su desarrollo y traen consigo una muerte prematura. ¡Qué importaba! Los industriales han reconocido que los niños son más sumisos, no replican y que se les puede maltratar sin ningún temor. En una palabra, esta utilización de los niños es ventajosa para los señores de la industria y del comercio nacional. En Inglaterra, los niños entran en las tiendas y los almacenes de diez a doce años, y en las manufacturas a los cinco y seis años.
TRISTÁN, F.: Promenades dans Londres, 1826.

B. ¿Por qué trabajan los niños?
Cuando los manufactureros ingleses vinieron a decir a William Pitt que los elevados salarios del obrero les impedían pagar los impuestos, este dijo unas palabras terribles: “Cojan niños”. Estas palabras pesan sobre Inglaterra como una maldición (…). En un discurso pronunciado en el Parlamento el 12 de febrero de 1795, W. Pitt declaraba: “La experiencia ha demostrado todo lo que puede producir el trabajo de los niños y las ventajas que se pueden encontrar empleándolos precozmente. Si alguien se toma la molestia de calcular el beneficio total que producen en este momento los niños formados según este método, se sorprendería al descubrir hasta qué punto su trabajo, suficiente para mantenerse a sí mismos, representa un ahorro para el país, y cómo el producto de sus laboriosos esfuerzos y los hábitos en los que han sido formados constituyen una aportación importante a la riqueza nacional.
NIVEAU, M.: Historia de los hechos económicos contemporáneos.
Barcelona, Ariel, 1979.
C. La jornada laboral

En un comunicado enviado a la Sociedad Industrial de Mulhouse el 27 de febrero de 1827, se puede leer: La jornada diaria de trabajo, en las hilaturas, es de trece a catorce horas, tanto para los niños como para los adultos (…). Permanecen de pie unas dieciséis o diecisiete horas cada día, trece de las cuales al menos en un cuarto cerrado, sin cambiar apenas de sitio ni de posición. Esto ya no es un trabajo; es una tortura: y se inflige a niños de seis a ocho años, mal alimentados, mal vestidos (…).
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Acerca de Maria Rosario Santos Cabotá

Profesora de Ciencias Sociales, Geografía e Historia en el Colegio Aljarafe S.C.A.. Mairena del Aljarafe, Sevilla.
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